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Una historia de fuego y hielo Jökulsárlón, en el glaciar Vatnajökull

Una historia de fuego y hielo

12/02/2020

Belkys Rodríguez Blanco

Cuando el avión en el que viajaba aterrizó en Islandia me pareció que había llegado a la luna. Un mar de lava unía la carretera del aeropuerto con la capital, Reykjavík. Un paisaje peculiar y desolador me dio la bienvenida y, aunque era verano, el aire frío me puso la piel de gallina y me anunció que la isla era vecina del Círculo Polar Ártico. El nombre de esta estación era un eufemismo para mí, nacida y criada en el Caribe. Esta es una historia de fuego y hielo.

La ciudad parecía una ilustración de un libro infantil. Las casas, pintadas de vivos colores, miraban hacia la bahía y las montañas conocidas como Monte Esja. Alguien me dijo que el nombre de la capital significaba ‘bahía humeante’. Cuenta la historia que cuando llegó el primer colono, Ingolfur Arnarson, un fugitivo noruego, en el año 874, la bautizó con ese nombre pues a lo lejos se divisaban humeantes fuentes de agua caliente. Muy cerca de Reykjavík hay aguas termales y géiseres que escupen chorros hirvientes al cielo. La isla es una curiosa mezcla de fuego y hielo que deja boquiabierto a todo el que la visita.

Es imposible no enamorarse de la naturaleza indómita de un país que está a medio camino entre Europa y América. Cerca de 350.000 personas habitan un extenso territorio de 103.000 kilómetros cuadrados. La actividad volcánica y geológica allí podría catalogarse de frenética, y esto se debe a que la isla se encuentra ubicada en la dorsal mesoatlántica. De hecho, en el Parque Nacional de Thingvellir, a unos cincuenta kilómetros de la capital, la parte más elevada de la gran cordillera submarina que separa Europa de América, emerge de las aguas como una inmensa herida abierta. Este es un sitio de gran valor histórico para los islandeses pues en el año 930 se empezaron a celebrar en este enclave las reuniones del Althingi, conocido como el primer parlamento del mundo. Contemplar desde allí los volcanes nevados y el lago de Thingvallavatn es algo que guardo en mi memoria como un gran tesoro.

Naturaleza indómita

Además de los impresionantes lagos y volcanes, Islandia da cobijo a géiseres y cascadas como Gullfoss (Cascada Dorada) o Skógafoss (una cortina de agua de 60 metros de caída). El agua de los glaciares se junta con la proveniente de las lluvias y campan a sus anchas por todo el territorio. Hacia la costa, el paisaje no es menos espectacular. En la península de Dyrhólaey, en el sur, se levantan tres farallones que parecen gigantes a punto de llegar a la playa. Cuenta la leyenda que unos trolls intentaron hacer naufragar un barco, pero el amanecer los sorprendió y se convirtieron en piedras.

Hacia el sudeste se alza el glaciar Vatnajökull, el mayor de Europa por su volumen. Una de sus lenguas termina en un lago y allí las enormes piedras de hielo se fragmentan y navegan a la deriva entre tonos verdes y azulados. Se llama Jökulsarlón y es, a mi juicio, uno de los lugares más hermosos e impresionantes de la geografía islandesa. Relativamente cerca, tiene su morada un volcán que es también un glaciar y que se hizo mundialmente famoso en el año 2010: el Eyjafjallajökull. Arrojó tanta ceniza a la atmósfera que interrumpió el tráfico aéreo en el noroeste de Europa. La segunda erupción, ocurrida en el centro del glaciar el 14 de abril de ese año, causó su deshielo y, por tanto, graves inundaciones afectaron los ríos más cercanos. Unas 800 personas tuvieron que ser evacuadas.

El país de la gente oculta

Desde que aterricé por primera vez en Islandia, allá por el año 1997, tuve la impresión de que había llegado a la tierra de “El Señor de los anillos”. El universo Tolkien desplegaba su magia ante mis ojos: los islandeses creían firmemente en la existencia de los elfos, los enanos y los trolls. Aquellas creencias estaban muy arraigadas en un folclore que hablaba de ‘gente oculta’ (huldufólk en islandés). Esto lo puedo ejemplificar de la siguiente manera: si pretenden construir un edificio y se encuentran una piedra gigante en su camino, no se atreven a moverla. Se supone que allí tienen su casa los elfos y por nada del mundo perturbarían la paz de unos seres que podrían ser muy vengativos.

Hace unos años, leí en la prensa que la construcción de una nueva carretera tuvo que suspenderse, mientras se encontraba una solución al problema de que la ruta planeada iba a importunar a los duendes o elfos que vivían debajo de las rocas. La reportera de la BBC le preguntó a Petur Matthiasson, en el departamento de autopistas en Reykjavík, si creía en los elfos. En principio lo negó, sin embargo, en su ordenador estaban desplegados los planes de una nueva carretera en una ciudad vecina. Dentro de un círculo amarillo podía leerse: “Iglesia de los duendes”. El buen señor suspiró y confesó: “Muy bien. Pero, no todos los días desviamos autopistas debido a los duendes. Es sólo que, en este caso, nos avisaron de que estas criaturas están viviendo en una de las rocas que están en la ruta de la carretera y nosotros tenemos que respetar esa creencia”.

No puedo concluir este artículo sin mencionar la aurora boreal, un fenómeno único y hermoso que llena de colores el cielo en las noches más frías y despejadas. Tal vez sean elfos que se transforman en serpientes y danzan en el cielo polar cambiando de tonalidad y de forma. Quizás sea Freya, la diosa del amor, la belleza y la fertilidad el artífice de tan mágico acontecimiento. Cualquier cosa es posible en una isla remota, donde el paisaje es el personaje principal de la historia, y donde glaciares, volcanes y extrañas criaturas conviven en perfecta armonía.

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